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La leyenda de Garoe

Así cuentan las crónicas de aquella singular isla, con forma de herradura. Así cuentan lo que queda hoy de sus gentes que antaño moraban en paz en aquellas tierras. Dicen que existió un árbol sagrado. El Árbol Santo, Garoé. El árbol del agua.

Dicen que no había, ni hubo jamás, otro igual. Situado en un lugar llamado Tingulanche, único en su especie, el perímetro de su tronco media doce palmos, cuatro de ancho y cuarenta de alto. Su copa, alta y frondosa, cubría una superficie de ciento veinte pies de circunferencia. Los embates de las estaciones jamás mermaron su verdor. Todas las mañanas, espesas nieblas se levantaban desde el mar, recorriendo las laderas de Hero, para evaporarse después en la inmensidad del cielo. Pero Garoé, con su denso ramaje, las atrapaba y destilaba de ellas toda el agua, que caía como una lluvia permanente bajo su sombra.
Los bimbaf, “Los de la cumbre”, pueblo primigenio de aquel pequeño trozo de tierra aislado por el océano, recogían cual ofrenda de un Dios, el líquido elemento, en oquedades practicadas en la misma tierra. Siendo Garoé la única fuente de agua que proporcionaba vida a aquella isla, su pueblo lo adoraba y salvaguardaba su integridad… bajo pena de muerte. Y así fue durante muchos siglos.

Hasta que un día, el normando Juan de Bethancourt, señor de Lanzarote, arribó a las playas de Tecorone. Los bimbaf ya estaban curtidos en expeler las esporádicas tropelías de bucaneros y piratas, que llegaban a sus costas con la intención de cazarlos y venderlos como esclavos en tierras remotas. Pero aquel caballero y sus hombres eran de otra casta y sus intenciones, si cabe, más funestas. Y, avezado como estaba en las artes de la guerra, envió un emisario al rey de la isla, el mencey Armiche. Pero no se trataba de un hombre cualquiera. Era Augerón, hermano del mencey, capturado años atrás por las tropas castellanas, que había sido “convertido” al cristianismo y que ahora rendía servicio como mediador a Bethancourt. La argucia del normando dio el resultado que esperaba, y Augerón convenció a su hermano para que rindiera pleitesía al conquistador. A fin de cuentas, la paz era lo único que deseaba para su pueblo.

Erese y su mujer Tenesedra, los jóvenes aguerridos Guasarguar y Tincos, este último enamorado de la bella Agarfa, también parte del grupo, no confiaban en la propuesta amistosa del extranjero. Y llamaron a Tagoror a toda la isla con urgencia. En aquella secreta reunión, acordaron cubrir las copas de Garoé, única fuente de agua, para evitar que esta manara del árbol Santo, ocultando así su localización el tiempo justo para que de este modo, las huestes invasoras, acuciadas por la sed, abandonaran la isla. Asimismo acordaron castigar con la muerte a quien revelara el secreto lugar.

Los bimbaf, habiendo guardado suficientes reservas de agua como para no tener que volver a Garoé en varias semanas, fueron observando como el normando y sus hombres sufrían la desesperación de la sed. Estos, ante la necesidad de abastecerse de agua, enviaron expediciones por toda la isla en busca de fuentes y manantiales. Los bimbaf, fieles a su sagrado acuerdo, respondían a sus inquisidoras preguntas asegurando que era la lluvia quien les proporcionaba el agua que necesitaban.

Pese a tan sabia estrategia, las esperanzas de supervivencia de Erese y los suyos se vio amargamente truncada. Una de las expediciones castellanas, comandada por un soldado sevillano, encontró a la Agarfa. La joven, tan bella como ingenua, quedó encandilada por el soldado. Y siguiéndole en su camino por varias semanas, se enamoró de él. Fue aquel sentimiento quien ablandó la pétrea coraza que salvaguardaba el secreto que juró no revelar. Y contó al castellano la ubicación secreta de su bien más preciado, Garoé, el árbol del agua, sin saber que con ello condenaba a su propio pueblo. Llegando esta noticia a oídos de Bethancourt, el normando vio próxima la conquista de la isla.

La cólera se apoderó del corazón de Erese, Tenesedra, Guasarguar y los pocos que aún formaban aquella, cada vez más mermada, resistencia. Garoé había caído en manos de su opresor, perdiendo así toda esperanza, su libertad y su tierra. Y así como juraron guardar su secreto, juraron también hacer cumplir la pena por revelarlo. Erese ordenó de inmediato la ejecución de Agarfa. Tíncos, pues doble había sido para el la traición, se ofreció voluntario para tan fatal empresa. Y partió en su busca. Sabía donde encontrarla, pues desde hacia días la seguía, oculto, obsesionado por semejante desprecio. Y la encontró, durmiendo en el campamento donde también dormía su amado castellano. Sin hacer el más mínimo ruido, se la llevó con él. Los poderosos brazos de Tincos, henchidos de rabia y despecho, arrastraron a la bella aborigen por la oscuridad de la noche sin apenas esfuerzo. Cuenta la leyenda que el sentimiento que siempre profesó por ella era comparable a la indiferencia que esta le mostraba. Por esto su dolor era mayor por la entrega de su amor al castellano, que por la ingenua traición de la muchacha a su pueblo. Y al alba, ensombrecida su mirada, inundada por las lágrimas, dio muerte al ser que tanto había amado.

Cuentan que en pocos días, la aparentemente amable propuesta castellana, reveló sus verdaderas intenciones. Rompiendo así la promesa que hiciera al bimbaf convertido, Augerón, de respetar a sus congéneres a cambio de su rendición, Bethancourt apresó a Armiche, el último Mencey de Hero, llevandolo como esclavo junto a sus más fieles hombres a las entrañas del navío que comandaba el llamado “Señor de Lanzarote”. Y con él, la libertad, la nobleza y la historia, perdida ya para siempre, de una raza cuyo recuerdo solo llega hasta nuestros días merced a leyendas como esta.

Pero los castellanos, conquistada ya la isla y sometidos sus habitantes, no pudieron disfrutar del preciado don del árbol del agua durante demasiado tiempo. Cuentan las crónicas, que en el año del señor de 1.604 un huracán azotó la isla de Hero, llamada ya entonces Hierro. Y sus fuertes vientos abatieron y arrancaron de cuajo a Garoé, que durante siglos se había mantenido impertérrito ante toda clase de adversidades climatológicas.

Tal vez, solo tal vez, las almas de tantos bimbaf caídos en tierras ajenas, habían vuelto, uniendo sus fuerzas para cobrarse al fin su venganza.

Firmado: © Carlos Soriano

Tenerife, 2009